Thursday, January 22, 2015

Una mañana de suerte

Luis ha decidido jugar con el tiempo hoy. No movido enteramente por su voluntad sino después de valorar las circunstancias que el azar propone, suponiendo que existe. Se toma una pausa en su jornada de trabajo que empezó sólo hace una hora. Son las siete de la mañana. Se le escucha decir: “Deme dos buñuelos y un vaso de chocolate, Lucía”. Conduce un taxi que le encarga su dueño por doce horas diarias excepto los domingos que descansa, no por motivos religiosos ni supersticiosos, ni siquiera por salud, sino porque asì lo decidiò el dueño del taxi, su patròn, seguramente motivado por proteger su inversión y alargar el tiempo productivo de su vehículo tanto como pueda. Luis se come los dos buñuelos sin el menor remordimiento, a pesar de que ha visitado al mèdico estos ùltimos dìas y le ha dicho que está en sobrepeso limitando con la obesidad. Está convencido de la antigua frase popular que  en el comer está el placer. Para él, evitar estos manjares regionales siginificaría no vivir y hacer que sus días se vuelvan insípidos. Muerde el segundo buñuelo que todavìa suelta humo fresco del calor del aceite del sartén. El aroma fuerte del queso costeño del buñuelo lo transporta en reversa y a velocidades estrepitosas por el tiempo y lo ubica veinte años atrás en la casa de su abuela donde pasaba casi todas sus vacaciones escolares con sus mejores amigos. Estar de nuevo en ese espacio y ver a sus compañeros de diversiòn le dan sentido a su presente y lo hacen feliz, aunque sólo sea un momento etéreo y virtual. Piensa que si mañana muriera por exceso de calorìas o grasa exagerada en sus venas, no lo lamentaria del todo porque ha vivido sus años junto a los recuerdos de los que más quiere. Mientras se toma el chocolate, suena una canción de salsa que está de moda en el radio viejo del pequeño puesto de buñuelos improvisado en el andén de la calle principal. “Es el escenario perfecto” piensa. “Delicias de la casa, buenos recuerdos y la mejor música.” La canción está a la mitad. La quiere escuchar toda. 

Va a pedir un tercer buñuelo. En el momento exacto que levanta su mano y hace el gesto para hacer su petición, aparece una camioneta de marca, costosa y con vidrios polarizados. Desde adentro una mujer joven y bien vestida baja automáticamente el vidrio y grita “Lucía, por favor véndame diez mil pesos de buñuelos lo màs rápido que pueda, es que tengo una reuniòn con unos clientes en media hora y ando de afàn, ¿puede?”. Lucìa, que alcanzó a deducir la intención de Luis de pedir algo más, lo mira avergonzada, como dando a entender que no se moleste si lo hace. Si sus gestos hablaran dirían “mire que son diez mil pesos que me voy a ganar.” Cada acto sucede en fracciònes de milésimas de segundo: Luis devuelve la mirada, alarga la cara pero entiende el mensaje y en un acto de bondad que es una de sus grandes virtudes, asiente. 

Ambos entienden tácitamente que es una ciudad de gestos faciales que reemplazan las palabras como si fueran anestesia contra el dolor, la rabia y la vergüenza de acudir a la complejidad de una conciliaciòn verbal. Seguidamente interpretan que en su comarca pasar por encima del turno del otro no es del todo mal visto y pareciese que existiera un còdigo implícito, intuitivo, que decreta que la situaciòn de premura de alguien puede ser más apremiante que la del otro, si previamente es justificada con razones urgentes como es el caso de la mujer y el riesgo de perder unos clientes y por qué no, su trabajo. Por lo tanto se podría ceder el turno amablemente no sin antes experimentar una sensaciòn de indignación de uno o dos segundos.

Lo que pasó antes de que Luis llegara al puesto de buñuelos era suficiente excusa para que cediera el turno. Solo unos cinco minutos después de haber comenzado su jornada, recogió su primer pasajero. Era un hombre adulto entrando en la vejez que le pidiò que lo llevara al aeropuerto. cuando se bajó del taxi pagó la carrera y le regaló cincuenta mil pesos de propina. No era la primera vez que le sucedía pero tampoco era frecuente. Luis interpretó esto como el comienzo de un dìa de suerte, no podìa ser una coincidencia. Apenas empezaba la mañana y ya habìa hecho el dinero de la mitad de su día. Contento, se fue a celebrar al puesto de Lucìa. Le contò lo que habìa sucedido mientras se engullía su tercer buñuelo. Lucía celebró su buena suerte y le pidió que la dejara celebrar con él pagando la cuenta pendiente registrada, para efectos de evidencia física, en el cuaderno de pendientes. Su deuda databa de dos semanas y llegaba a los veinte mil pesos entre pandebonos, buñuelos, café y chocolate. Luis le entregò diez mil. “No me vaya a quitar todo, Luchita” dijo. “Déjeme ser feliz un ratito  más. Además, mire que en casa me esperan dos barrigoncitos a los que todavìa me falta comprarles la mitad de la pila de cuadernos que me exigen en la lista escolar.” Como sucede cuando alguien se incomoda cuando le hablan de deudas, Luis pensó que era tiempo de continuar su camino una vez màs para aprovechar su dìa y sacarle partido a las horas que todavía tenìa en su largo dìa laboral. Hablaba del tiempo como hablamos todos los vivientes que razonamos, convencidos de que el tiempo nos pertenece desde la vida entera hasta el más mínimo segundo. Aunque muy comprensible, si tenemos en cuenta que pensar lo contrario nos arrojarìa a un estado de permanente zozobra y desasosiego.

Luis prendió su taxi, se despidió de Lucia. Le prometió, con un grito optimista desde el carro en movimiento, que al final de la semana le pagaba lo que le debía. “Amanecerà y veremos” le gritò Lucìa y luego susurro para ella “pajudo”. En la siguiente esquina volteó a la izquierda, avanzò una cuadra más. Prendió el radio. Sonaba una canción de salsa que no estaba de moda pero él se las sabía casi todas. La cantaba a voz en cuello. Volteó a la derecha. Cogió velocidad suficiente para llevar su carro hasta el cuarto cambio. Un perro labrador achocolatado atravesó súbitamente la calle justo antes de llegar al siguiente cruce. Observò al perro y de memoria maniobrò hacia al lado derecho sin frenar mientras seguía cantando. Logró eludirlo sin tropiezos pero como si se tratara de una película poco predecible, no contaba con la siguiente escena. Un carro moderno y pequeño atravesaba el cruce en sentido perpendicular burlándose de los límites de velocidad. No la redujo a pesar de la señal gigantesca de pare en la esquina. Aunque a decir verdad, había un árbol de mediana estatura que alcanzaba a cubrir con un par de sus ramas la mitad de la señal. El carro de Luis lo golpeó por una lado y salió expulsado por su ventana sin poder hacer nada. En el preciso instante en que se despidió de Lucìa, Luis no se habia abrochado el cinturòn de seguridad. Si fue por olvido o por negligencia, es un secreto que se llevara a su tumba porque el tiempo del que se alegró en un principio, ya no está. Ese tiempo con el que quiso hacer malabares al inicio de la mañana por haber recibido su recompensa monetaria. El que cedió a la mujer del carro lujoso, el que planeó para terminar de escuchar la canción o para girar su timòn y no golpear al perro. Si el sabueso o alguna de la personas que se atravesaron en su mañana hubieran tomado otra decision, no se habría invertido tiempo en esta historia porque no habría habido una o porque habría sido distinta.


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